Día del Periodista

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A lo largo de una vida que ha girado en torno de esta actividad absorbente y frenética, he sido reportero, redactor, jefe de sección, fundador de revistas, corresponsal extranjero, columnista… y en cada una de esas etapas es inevitable estarse indagando por el sentido de este trabajo. También en momentos como el actual, cuando estallan viscerales enfrentamientos entre destacados columnistas, resurgen las polémicas entre militares y periodistas sobre quién manipula a quién en la información sobre orden público, o persisten los intentos gubernamentales por constreñir a los medios electrónicos. Pero, en términos más generales, la pregunta sobre la razón de ser del periodismo cobra especial vigencia en este fin de siglo, cuando los medios no solo están sometidos a un escrutinio cada vez más crítico del público, sino que la globalización de la información, el predominio creciente de lo audiovisual y la consolidación de grandes consorcios internacionales de telecomunicaciones, parecen amenazar el alma misma de una profesión que se ha preciado de su independencia para fiscalizar a los poderes públicos y privados. Cuando me da por reflexionar sobre este tema, siempre recuerdo a uno de los padres del periodismo moderno, Joseph Pulitzer, quien decía, palabras más palabras menos, que la prensa debía luchar siempre por la reforma y el progreso, no tolerar nunca la injusticia o la corrupción, combatir siempre a los demagogos de todos los partidos, no pertenecer jamás a un partido, tener siempre simpatía por los pobres, oponerse a los privilegios individuales, defender el interés público, ser drásticamente independiente y nunca temerle a la denuncia del mal. Han pasado más de cien años desde que Pulitzer sentó estas pautas, hoy difícilmente reconocibles entre las grandes empresas multinacionales de la comunicación que invaden esta aldea global de que hablara Marcuse.

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